Tangamanga. Para los que no tienen memoria; les regalo mi nostalgia

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  • (Primera entrega de tres)

Nací y crecí en un condado de apenas 500 mil personas. Digo «condado» porque crecí viendo Canal 5, algo así como un MTV, pero versión televisora abierta mexicana.
Te ponían las de Karate Kid (que así integrarían al inconsciente colectivo al Sr. Miyagi y la patada de la grulla), Volver al futuro (con su increíble premonición perversa de Donald Trump; parodiado en el personaje de Biff Tannen), Rambo (que en mejores tiempos colaboró en el conflicto ruso-afgano con los guerrilleros afgano-islámicos; porque el enemigo de la época eran los rusos comunistas y no el Islam —o lo que sea que es ahora—), Rocky (que en la más chida, la cuatro, pelea y derrota a domicilio al gigantesco Ivan Drago en Moscú). Esta última es una de las películas más panfletarias que he visto en mi vida junto con las de Cantinflas, que en la última parte de su carrera estaba más en una onda como las de El barrendero, El patrullero 777 o la de Su Excelencia.

A diferencia del producto estrella de Televisa, Canal 2, que —ahora entiendo— estaba pensado para un público obrero-rural en la onda de Vicente Fernández, Pedro Infante y Blue Demon, en El Cinco fue notoria la inclinación hacia los mundos de Steven Spielberg.

Básicamente el stock que repitieron durante veinte años, poniendo cada vez más comerciales conforme avanzaba la película, tenían que ver con Spielberg: Twilight Zone, Indiana Jones, Back to the future, Los Goonies, Capitán Garfio, La lista de Schindler, Rescatando al soldado Cienfuegos» o Forrest Gump. También un par de caricaturas, de Spielberg, adelantadas a su tiempo: Animaniacs y Fenomenoide (aunque ésta la transmitió TV Azteca).

Una mente maestra del espectáculo estuvo detrás de esto. No es casualidad la finura en el detalle; mira que aquello de «Canal 5 al servicio de la comunidad», en la voz del señor que hacía la voz del Estadio Azteca (Don Melquiades Sánchez) con lo de «padece de sus facultades mentales», tuvo que ser algo pensado. Hay que considerar que gente del tamaño de Alejandro «El negro» Gonzalez Iñarritu inició ahí su carrera. No es tampoco casualidad que en la de Amores Perros apareciera un anuncio de Canal Cinco cuando Octavio (Gael García) está viendo la televisión en su cuarto.

En El Cinco vi a los Dukes de Hazard (hoy, políticamente incorrectos con su bandera confederada en el techo del General Lee), los Power Rangers (el Power Ranger negro era también de piel negra y la amarilla era asiática, pero nadie parecía ofendido por el asunto), Dinosaurios, la entrañable fusión chino-japonesa de Dragon Ball o la de Ranma ½, que merece una mención aparte: el personaje principal, un cuate de 16 años, se transformaba en una hipersexualizada mujer pelirroja al contacto con el agua fría y su anciano maestro tenía por «hobbie» robar ropa interior de jovencitas (cosa que tampoco pareció levantar gran revuelo).

Fue un verdadero milagro que Lorenzo Servitje de Marinela y los grupos de ultraderecha católica no bloquearan su transmisión. Looney Tunes, Tom & Jerry (más violentas que las películas de Tarantino), Los Picapiedra o Los Supersónicos, que alimentarían nuestra idea de rol familiar: proveedor, Ama de casa, hijos, mascota, o de que el jefe en el trabajo te puede gritonear como un energúmeno o que sales del trabajo cuando suena una chicharra, o —tristemente— la idea futurista hoy presente del trabajo a todas horas de Sónico en lo que hoy conocemos como Zoom.

Algo me llamaba la atención en estos programas, Los condados. Basado en mi percepción de Estados Unidos, construida desde la óptica de Nueva York de Mi pobre angelito, me desconcertaban estos pueblitos gringos con un sheriff y una feria donde paseaban los novios. Después entendí qué era lo que me causaba tanta curiosidad; yo mismo vivía en un condado: mi San Luis Potosí.

En los años 90, la ciudad tenía su avenidita principal, Carranza, donde —claro— se «carranceaba». Todos se conocían y brillaba un club de alcurnia; el Deportivo Potosino» [donde se inventó la Michelada] y la gente bien estudiaba en el «Instituto Potosino, también había una plaza comercial: Plaza Tangamanga; una maravilla springfildeana que congregaba el único Sanborn´s, lo seguiría siendo otros veinte años, junto con un Sears de fachada café con espejos y unas letras en chocolate con líneas blancas. La idea de comprar ropa «de marca» me recordaba a Marge Simpson cuando encontró un vestido Channel en la ropa de paca y se las ingenió para entrar en el círculo de élite local adaptándolo en su máquina de cocer.

En ese Sears pasé muchísimas tardes sentado, frente a otra televisión, viendo películas de Winnie Pooh. Mientras las mamás compraban, uno podía pasar la tarde comiendo palomitas con mantequilla; todas cuantas pudieras pedir; eran gratis. Lo que no era gratis era el ICE que vendían a precio de lujo. Entre niños, se consideraba un guiño de distinción pavonear el envase y la boca pintada de azul o rojo, un antecedente generacional para el fenómeno de los vasos de Starbucks. El frenesí por estos modernos yukis fue únicamente comparable a la ocasión en que llegó el hielo a Macondo.

Muchos años después, se remodeló el lugar, la fachada cambió, los interiores se adaptaron a las exigencias de la «imagen corporativa»; minimalismo blanco y rojo.
Sentí que una parte de mí había muerto con el lugar. En realidad; lo hizo…

Joel Hernández Vázquez.
Septiembre 2017 (revisitado diciembre 2020).